Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Libros. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de enero de 2013

EL POSMODERNISMO DE LIPOVETSKY (PARTE 1)

Quién no


Existen dos cualidades irrefutables en el pensamiento de Lipovetsky: un carácter visionario bastante certero  y, a la vez, profundamente pesimista, para desgracia de los que vivimos en estos tiempos posmodernos.

En 1983 el galo sugería que “la última moda es la diferencia, la fantasía, el relajamiento; lo estándar, la rigidez, ya no tienen buena prensa”. Pero, ¿por qué le da un matiz de novedad a la diferencia? ¿Acaso antes todos deseaban pensar, comportarse, vestirse, alimentarse y divertirse igual? ¿Será que nuestros antepasados –cercanos o muy remotos- tenían los mismos ideales? ¿Jalaban todos en una misma dirección? Me pregunto, ¿quién no desea ser diferente? ¿Quién no desea destacar del resto? A quién no le agrada la idea de sentirse único, especial, auténtico, legítimo. 


¿Quién no desea ser original? ¿Quién no desearía tener el privilegio de inventar algo útil y valioso para la humanidad? ¿Quién desdeñaría el privilegio de engendrar grandes ideas, crear proyectos impactantes o empresas exitosas a partir de lo inédito? ¿Cuántos anhelan copiar con exactitud suiza las destrezas de la persona que más admiran en el mundo? ¿Quién quiere ser común? ¿A cuántos les fascina ser catalogados como parte del mismo rebaño? ¿Quién no se incomoda ante la acusación de ser una gota de agua arrastrada y diluida dentro del mainstream? ¿A quién le gusta ser definido en función de los demás? Ir donde todos van, comer lo que todos comen, oír lo que todos oyen, hablar de lo que todos hablan, comprar lo que todos compran, hacer lo que todos hacen o hacer lo que todos te pidan, como un ser programado, como un autómata! ¡Quién vive feliz siendo una copia de otro! ¡Cuántos experimentan plenitud siguiendo al pie de la letra las tradiciones milenarias o las costumbres familiares! ¡Quién está satisfecho fingiendo ser una marioneta! ¿Qué habría sido de la humanidad si desde tiempos inmemoriales todos hubiesen seguido la misma senda, erosionado el mismo camino de sus padres y abuelos?

 El motor del progreso opera en una mente que ve el mundo de una manera diferente, en quien percibe la realidad como una condición perfectible y se aventura, con o sin la aprobación de los demás, en la osada tarea de mejorarlo. Bien dicen que “si haces siempre lo mismo, no esperes resultados diferentes”. El mundo siempre ha necesitado revolucionarios y librepensadores, cuyo común denominador fue el hacer la diferencia, romper con el orden establecido.

¿La última moda es la fantasía? ¿En serio? ¿Acaso no fantaseaba Da Vinci o los hermanos Wright al fabricar artefactos con los que pudiesen volar como las aves? O incluso, los antiguos griegos, repitiendo una y otra vez el mito de Ícaro y Dédalo. ¿No soñaban los rusos y los estadounidenses con viajar al espacio, como lo sugieren las enormes cantidades de recursos económicos y humanos invertidos en tal empresa? ¿No tuvo la misma ilusión el francés Georges Melie unas cuantas décadas atrás?

¿No es la fantasía algo natural en la mayoría –si no es que en todos- de los seres humanos, independientemente de la generación a la que pertenezcan? ¿No es la fantasía una versión artística de la ciencia ficción? Un invento –sea ya trascendental o efímero- ¿no es en sus inicios una especie de quimera, una locura o quizás una fantasía desquiciada del soñador?
Hoy por hoy ¿podría considerarse al relajamiento como una moda?  Desde luego que sí, y aunque la humanidad a lo largo de la historia siempre ha realizado actividades de esta índole, me atrevería a afirmar que nunca en el pasado se invirtió tanto tiempo en el ocio, como se hace actualmente. No cabe duda de que somos una sociedad relajada que aspira obtener de la manera más fácil y al mínimo esfuerzo el máximo bienestar posible, la mejor relación costo-beneficio. Debido al ambiente favorable de tolerancia que se experimenta, y al estilo de vida individualista que Lipovetsky menciona de manera recurrente, nos comportamos de forma desenfadada, cool, relax y despreocupada. Una sociedad más flexible no solamente es más igualitaria, si no también más permisiva y, por lo tanto, menos punitiva, lo que está bien hasta cierto punto, hasta cierto límite, el cual muchas veces parece una línea abstracta o imaginaria, que se cruza y pierde con facilidad una y otra vez, consciente o inconscientemente. Por otra parte, el crédito bancario combina de manera perfecta con nuestra sociedad despreocupada. No se tiene que ahorrar para satisfacer nuestros caprichos, el crédito nos permite saciar nuestra veleidad aquí y ahora, sin tener que esperar. En realidad no nos gusta esperar, ya no sabemos esperar. El valor del sacrificio ha perdido peso, está devaluado. La sociedad en la que vivo repele el esfuerzo arduo, no le ve sentido, le desprecia y huye, le evita a cualquier costo. Las generaciones recientes detestan los caminos largos y estrechos, no saben que Per aspera ad astra, y en su lugar, adoran los atajos, las soluciones rápidas, las respuestas precipitadas, superficiales y hechas al vapor.

Esta nueva sociedad está ávida de diversión todo el tiempo posible. Parece aspirar a trabajar únicamente los fines de semana y así poder divertirse los demás días! La industria nos ofrece diversión en todos los gadgets. La música, los videos e internet ahora son como las bacterias: cosmopolitas. Nos acompañan a todas partes: en el celular, en el automóvil, en la Tablet, en la computadora…, el gadget es un apéndice artificial adherido al hombre del siglo XXI.



La tecnología no solamente nos ha facilitado la vida, también nos vuelve más perezosos e inactivos. Las máquinas cada vez asumen más tareas que antes hacíamos. Los aparatos y dispositivos ahora cepillan los dientes, secan el cabello, hacen cálculos, abren puertas y ventanas, dan masajes, divierten, proporcionan placer, permiten tener amigos virtuales a los cuales no necesitamos conocer personalmente. La tecnología electrónica nos libera en algunos aspectos pero nos esclaviza en otros. Nos libra de innumerables esfuerzos físicos, nos ahorra mucho tiempo, sin embargo, simultáneamente nos volvemos adictos a su uso, dependientes. 


El celular o el videojuego portátil se vuelven parte de la anatomía humana. La humanidad ha perdido profundidad espiritual y merma en altura moral, en ideales altruistas, mientras muta en un híbrido hombre-máquina. Su comunión con la tecnología difumina la frontera entre los objetos y su dueño. El hombre posmoderno se vuelve loco cuando olvida su celular. Ahora son inseparables. Se siente perdido y solo, incomunicado, como un Robinson moderno extraviado en alguna isla lejana y desconocida. ¿Y en cuanto a la música? Difícilmente toleramos el silencio. Necesitamos estar escuchando música todo el día, pareciera que el aire es a nuestros pulmones lo que el ruido al oído. La tecnología es nuestra proveedora y cómplice perfecta. Desde hace mucho la música dejó de estar anclada al tocadiscos o equipo de sonido del hogar, ahora va con nosotros a todas partes, como una prenda de vestir más. Está  en el reproductor portátil, en la Tablet, en la laptop, en el móvil, en el automóvil, etc. Es la paradoja de lo que proporciona la tecnología y el progreso. ¿Quién se resiste? ¿Quién prefiere quedarse fuera de todo el bienestar disponible? 

¿Quién no se deja seducir por el confort, lo exprés, lo instantáneo, lo divertido y lo personalizado?


domingo, 19 de junio de 2011

¿EL OMBLIGO NOS HACE IMPERFECTOS?

Históricamente fue un signo de la centralidad de la estirpe humana. Al ser el centro del cuerpo del hombre, lo era también del universo, según los antiguos griegos. En otras civilizaciones era reflejo de fertilidad y longevidad. Por otra parte, algunas culturas mexicanas precolombinas consideraban que tenía poderes mágicos. Los aztecas solían enterrarlo en el campo de batalla creyendo que así el niño sería un buen guerrero; en Australia las madres los tiraban al mar esperando que sus hijos fuesen grandes nadadores; mientras en Angola se cortaba con azadón para que cuando el niño se convirtiera en adulto fuera un hábil agricultor. Se dice que no hay dos iguales. Les hablo del cordón umbilical o, más específicamente, de su evidencia posterior en todos los mamíferos: el ombligo.

En la segunda semana de este año tuvo gran difusión en los medios de comunicación, principalmente internet, una nota periodística sobre la polémica que desató un comercial en el que la modelo brasileña Fernanda Vasconcellos, vestía un bikini y para sorpresa de muchos, NO TENÍA OMBLIGO!!! Algunos se quejaron del “retoque” que le dieron los programas de diseño –aunque con el cuerpo que luce me parece sumamente innecesario preocuparse por esa ínfima parte de su cuerpo- y según la web, la pregunta qué más se hicieron los twitteros fue ¿dónde está el ombligo de Fernanda Vasconcellos? Insisto, por qué tanta atención en ese detalle. De hecho algunos piensan que esa “ligera alteración” a la imagen de la chica fue hecha adrede para llamar la atención y así todos corrieran a ver el video, lo que por lo visto, sí funcionó.


Por otra parte, si realmente su ombligo está muy feo, ¿se lo borrarían tratando de “perfeccionar” su escultural cuerpo? Y de aquí deriva mi mayor inquietud al respecto, ¿el ombligo nos hace imperfectos? Sí, lo sé, puede parecer una pregunta estúpida, y bastante. Pero no tan descabellada como para que fuera ignorada por teólogos, filósofos y científicos desde hace muchos siglos. “Polémicas” como la de este año, no se comparan en nada con las surgidas en diferentes períodos de la historia, y creo que nadie lo reseña mejor que el escritor Martín Gardner en su libro “¿Tenían ombligo Adán y Eva?”, precisamente en su primer capítulo, Evolución contra Creacionismo.

El libro inicia así: “Si alguna vez se encuentra usted en compañía de un fundamentalista, puede provocar una divertida argumentación planteándole una sencilla pregunta: ¿tenían ombligos Adán y Eva? Para los que creen que la Biblia es históricamente exacta, ésta no es una pregunta trivial. Si Adán y Eva no tenían ombligo no eran seres humanos perfectos-al parecer los que le "borraron" el ombligo a la modelo piensan lo contrario-.Pero si los tenían, entonces los ombligos implicarían un nacimiento con parto que ellos jamás experimentaron.” Si carecer de ombligo es signo de imperfección, entonces Adán y Eva eran “imperfectos” en ese sentido, ya que suena un tanto absurdo que tuvieran un ombligo, vestigio de un cordón umbilical que nunca existió; y eso deriva en que la “máxima” creación de Dios –el hombre- era imperfecta. ¿Será que los que se quejaron en twitter lo hicieron porque conciben a una mujer sin ombligo como imperfecta?


Esta discusión es llamada “la peor disputa teológica”, en el libro The Best, Worst and Most Unusual, escrito por Bruce Felton y Mark Fowler en 1994. Los autores cuentan que en 1646 sir Thomas Browne, opinó que la primera pareja debía poseer abdómenes perfectamente lisos.

Posteriormente, en 1752, se publicó en Alemania un tratado “definitivo” sobre este tema, en el cual el Dr. Christian Tobías Ephraim Reinhard, concluía lo mismo que sir Thomas Browne: Adán y Eva no tuvieron ombligo. Pero si esta había sido la conclusión, ¿por qué en la Edad Media y el Renacimiento, muchos cuadros sí exhibían a los tortolitos con ombligo, incluso en el corazón mismo de la Capilla Sixtina, en los frescos de Miguel Ángel? ¿Y por qué casi todos los artistas de épocas posteriores siguieron su ejemplo?

Por otra parte, en 1857 hubo otro intento por explicar la presencia de ombligos en Adán y Eva, y se vio materializada en el libro del zoólogo británico Philip Henry Gosse, titulado “Omphalos: An Attempt to Unite the Geological Knot” (Ónfalo: un intento de unir el nudo geológico). ¿Pero qué es un ónfalo? Empecemos aclarando que Omphalos es una palabra griega que significa ombligo. El problema con Gosse es que aparte de ser un zoólogo, era un fundamentalista religioso de la secta Hermandad de Piymouth, por tanto sabía que los fósiles de animales y plantas indicaban la existencia de vida muchísimo antes de los tiempos de Adán y Eva, y a la vez estaba convencido que todo el universo se había creado en los seis días que señala el Génesis. Él se preguntaba si existía alguna forma de armonizar esta clara contradicción entre el primer libro de la Biblia y el registro fósil, y se le ocurrió lo que a Jorge Luis Borges llamaría tiempo después una idea de “monstruosa elegancia”. En pocas palabras la idea de Gosse era que si Dios había creado la Tierra, tal como lo cuenta el Génesis, lo hizo como una “empresa en movimiento”. Es decir que la creó con muchísimas cosas que dan testimonio de acontecimientos geológicos del pasado que en realidad nunca ocurrieron. Los colmillos de un elefante revelan sus fases de crecimiento anteriores, la tortuga añade láminas a su caparazón, los árboles presentan los anillos anuales de crecimiento, lo mismo que Adán y Eva tenían huesos, dientes, uñas, pelo, ombligo y toda clase de órganos que contenían evidencia de un crecimiento anterior, que en realidad nunca ocurrió, porque “apenas habían sido creados por Dios”.  Pero entonces -se pregunta Gardner-, ¿el ombligo del hombre creado tenía como único propósito engañarle para que creyera que había tenido padres? Tal como lo expuso Gosse, podemos incluso suponer que Dios creó el mundo hace tan sólo unos minutos, con todas sus ciudades y registros, y con recuerdos en las mentes de las personas, y no existe una manera lógica de refutar esto como una teoría posible. Respecto al libro, “tanto ateos como cristianos lo miraron, se echaron a reír y lo tiraron” escribiría años después el hijo de Gosse.

Yo suponía que ningún creacionista actual podría tomarse en serio el Omphalos, pero me equivoqué, comenta Gardner. En marzo de 1987 la revista Des Moines Sunday Register publicó la carta de un lector que argumentaba que la existencia de una supernova de un millón de años de antigüedad contradecía la idea de que Dios creó todo el universo hacia el año 4000 A.C. En el mes de abril la revista respondía a la misiva de la siguiente manera:

“Con respecto a la carta de John Patterson sobre la supernova como hecho científico bien documentado: ¡Pues claro que sí! Sin embargo, él no puede demostrar la evolución excepto mediante pruebas circunstanciales, y los creacionistas no pueden demostrar la creación  excepto mediante la palabra de Dios.

Ser cristiano exige un importante elemento llamado fe…Sí, creo que Dios creó el mundo en seis días. También creo que en un solo día creó árboles ya crecidos que contenían anillos que cualquier científico aseguraría que llevaban allí años. Creó depósitos de petróleo en las profundidades de la tierra, que la naturaleza tardaría millones de años en procesar. Colocó fósiles acuáticos tierra adentro, y creó explosiones de estrellas para que nos maravillaran en el siglo XX…”

Respecto a por qué la velocidad de la luz parece demostrar la existencia de galaxias tan alejadas de la Tierra que su luz ha tardado millones de años en llegar hasta nosotros, algunos creacionistas actuales insisten en que Dios creó el universo con la luz de estas lejanas galaxias ya en camino. A Gosse le habría encantado este argumento, si hubiera sabido que existían las galaxias, finaliza Gardner.



Fuentes bibliográficas:

Documental “Para qué sirve el ombligo” dirigido por Eduard Punset.
 “Escandaliza modelo sin ombligo en comercial televisivo.” El Gráfico, Ciudad de México, miércoles 12 de enero de 2011.
“¿Tenían ombligo Adán y Eva?” Martin Gardner. 2000.


miércoles, 1 de junio de 2011

PASAJES MORTALES

El tema de la muerte siempre ha interesado al hombre. De carácter inevitable y misterioso, el ser humano sigue preguntándose después de muchos siglos, si existe un "más allá" de la muerte, y sobre todo, cómo sería. A mí, por otra parte, me inquietan algunas muertes que considero estúpidas, y ninguna más absurda -si es que así sucedió- que la del matemático y astrólogo italiano, Girolamo Cardano (1,501 - 1,576), quien pese a haber obtenido la fama por sus estudios en Álgebra y por haber sido el primer científico en describir la fiebre tifoidea, tenía no pocos defectos -al igual que todos- y uno en particular: era amante de los horóscopos, y como tal invertía mucho tiempo en hacer sus "predicciones". Tan bueno se creía el señor que no dudó en predecir la hora exacta de su propia muerte. En fin, llegado el día fatídico, el 21 de septiembre de 1,576, como se veía aún muy sano, cuentan que para no enfrentarse al fracaso de su pronóstico, decidió suicidarse.



Menos inverosímil que la historia anterior es el caso del anatomista y científico alemán Theodor von Bischoff (1,807 – 1,882), médico de gran prestigio de la segunda mitad del siglo XIX. Como anatomista se destacó mucho, y una de las actividades a la que más tiempo y esfuerzo le dedicó fue a pesar cerebros humanos. Con el tiempo llegó a concluir, a través de sus estadísticas, que el órgano mencionado pesaba en promedio 1,350 gramos en los hombres. En cambio, en las mujeres, el peso promedio del cerebro era de 1,250 gramos. Hasta aquí todo bien…el tropiezo vino cuando concluyó que esta diferencia de pesos era evidencia de la superioridad mental del hombre sobre la mujer. No me es difícil imaginar cómo reaccionarían las mujeres de hoy al escuchar tal razonamiento. Pero lo irónico de la historia empezó cuando acabó la vida del galeno. Él había manifestado que cuando muriera también pesaran su cerebro. ¿Y cuál fue la sorpresa? Su cerebro pesó 1,245 gramos. ¡Menos que el  promedio del cerebro femenino!





Siguiendo con el tema de la muerte, una de las anécdotas qué más gracia me causa –a pesar de que no tengo certeza de su veracidad- es sobre aquella relativa a los últimos instantes del Gral. Francisco Villa (1,877 – 1,923), conocido popularmente como “Pancho Villa”. Cuentan que ya en el lecho de muerte –herido de gravedad en una emboscada cuando ya estaba retirado de la lucha- Villa agonizaba rodeado de amigos, que lo animaban a que dijera algo. Entonces Villa entreabrió los ojos y dijo: “No se me ocurre nada. Pero díganles que dije algo, lo que sea”.


 Ya para finalizar, no quisiera hacerlo abordando el tema de la muerte, si no su contrario. Los matemáticos, por muy excéntricos o retraídos que sean, siempre me llaman la atención, generalmente despiertan mi admiración y respeto. Pero uno de ellos en particular, no me conmovió de esta manera. Se trata del teutón, Peter Gustav Lejeune Dirichlet (1,805 – 1,859), quien no era muy amigo de la correspondencia. Una de las pocas ocasiones en las que escribió a lo largo de su vida fue cuando envió un sucinto telegrama a su suegro con motivo del nacimiento de su primer hijo. En su misiva simplemente se leía:

" 2 + 1 = 3 "



Bibliografía: Las mejores anécdotas humorísticas, de Samuel Red.


jueves, 26 de mayo de 2011

UN PLACER MENOR

El Génesis dice que durante el Diluvio «… quedaron cubiertos todos los montes sobre la faz de la tierra…». Si se toma esto literalmente, resulta que la capa de agua sobre la tierra tendría entre 5.000 ó 6.000 metros de grosor, lo que equivale a más de 2.500 millones de kilómetros cúbicos de agua. Como según el relato bíblico del Diluvio duró 40 días con sus noches, es decir sólo 960 horas, la tasa de caída de la lluvia ha de haber sido por lo menos de cinco metros por hora, suficiente para echar a pique un avión y con mayor motivo un arca cargada con miles de animales a bordo.




Darse cuenta de inconsistencias internas como ésas es uno de los placeres menores de tener cierta cultura numérica. Lo importante, sin embargo, no es que uno esté analizando permanentemente la consistencia y la plausibilidad de los números, sino que, cuando haga falta, pueda recoger información de los puros datos numéricos, y que pueda refutar afirmaciones, basándose sólo en las cifras que las acompañan. Si la gente estuviera más capacitada para hacer estimaciones y cálculos sencillos, se sacarían (o no) muchas conclusiones obvias, y no se tendrían en consideración tantas opiniones ridículas.

Fragmento de "El Hombre Anumérico" de John Allen Paulos, profesor de matemáticas estadounidense.

sábado, 30 de abril de 2011

¿EN QUÉ CREEN LOS QUE NO CREEN?

A simple vista, el título del libro: ¿EN QUÉ CREEN LOS QUE NO CREEN? (1996) constituye una interrogante que parece responderse a sí misma. Al leer su nombre en la portada podría contestarla –quizás de forma precipitada y prejuiciada- sin necesidad de abrir el libro: los que no creen, creen en nada. Punto.


Podría parecer ésta una posición demasiado dualista, pero una vez que se conoce el contenido del escrito, al contrario de lo asumido, hay quienes han concluido que se llevaron una decepción al “sentir” que no se responde a la pregunta. Yo sí creo que se responde a esa pregunta en el diálogo epistolar entre el filósofo italiano Umberto Eco (laico) y el cardenal, de igual nacionalidad, Carlo María Martini, aunque de manera parcial. Se dejan muchísimos cabos sueltos y el intercambio se enfocó básicamente al problema de la ética, coqueteando ligeramente con la problemática del aborto y la exclusión del sacerdocio hacia la mujer por parte de la Iglesia Católica. Sin embargo considero útil e interesante el libro en el que se conoce la opinión de un creyente y un no creyente respecto a los temas abordados en las ocho cartas que se enviaron mutuamente. Aún más llamativo es la inclusión de seis participantes más, los cuales  una vez acabado el intercambio entre Eco y Martini, fueron invitados a expresar sus opiniones respecto a las epístolas anteriores. Los comentarios de estos interlocutores constituyen un enriquecimiento genial a los temas, puesto que pertenecen a disciplinas distintas: dos filósofos, dos periodistas y dos políticos. Aunque la proporción de opiniones no guarda un equilibrio justo, debido a que el único creyente –oficialmente– es el cardenal Martini, todos los demás constituyen la contraparte laica. El libro cierra con una recapitulación por parte del cardenal, tratando de contestar –aunque lejos de convencer, a mi parecer- a algunos de los cuestionamientos y planteamientos hechos por los demás coautores y a la vez llevar a cabo la titánica labor de “concluir” algo.

Las cartas entre Eco y Martini se caracterizaron por un encomiable respeto mutuo en la forma de dirigirse al otro y al mismo tiempo, en la manera de contestarse o hacer aclaraciones respecto a inquietudes y dudas. En las primeras dos cartas perdí un poco el entusiasmo, porque la dinámica de la “conversación a distancia” se me hizo demasiado lenta y temerosa, escueta de riesgos. De hecho a veces percibí a Eco demasiado moderado. Lo cual afortunadamente en las siguientes epístolas cambió, aunque sin caer en el terreno de lo ofensivo, desde luego.

De esas cartas, lo que me sedujo más fue el problema del fundamento de la moral laica y de la cristiana. La posición del cardenal puede resumirse en la conocida frase del gran Dostoievski: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Es decir, que no concibe otra forma de moral, sólida y confiable, que no sea aquella fundamentada en el ser Absoluto: Dios. Todo acto bueno solamente puede venir de ÉL y gracias a Él, ya que este ser trascendente constituye el Valor Absoluto de la Bondad, y así de los demás valores morales. Es un argumento fuerte –aunque muy maniqueista– para quien cree en Dios, y aparentemente el cardenal se llena de “estupor” al preguntarse ¿dónde encuentra el laico la luz del bien?, confesando –en una de sus cartas- que “sé que existen personas que, sin creer en un Dios personal, llegan a dar la vida para no abdicar de sus convicciones morales. Pero no consigo comprender qué tipo de justificación última dan a su proceder”. Por su parte, Eco contraataca afirmando que cuando los demás entran en escena, nace la ética. “Poseemos concepciones universales acerca de la constricción: no deseamos que nadie nos impida hablar, ver, escuchar, dormir, tragar o expeler, ir a donde queramos; sufrimos si alguien nos ataca o nos segrega, si nos golpea, hiere o mata, si nos somete a torturas físicas o psíquicas que disminuyan o anulen nuestra capacidad de pensar”, asevera el filósofo. Defiende la moral laica como una moral natural, que es básica y no por ello “débil” ni inferior a aquella cimentada en un ser divino, como pretende dar a entender el cardenal. Ya en otra ocasión comenté en este Blog (en la publicación de diciembre de 2010, llamada ¿SE PUEDE SER MORAL SIN SER RELIGIOSO?), sobre la empatía natural de los niños en sus primeros años de vida, quienes sin tener ninguna conciencia del catecismo cristiano ni de los diez mandamientos, se identifican con el estado de ánimo de las personas que les rodean, en especial, de otros niños, mostrando sentimientos como solidaridad, tristeza y alegría. Desde pequeños procuramos llevarnos bien con el otro. Y aún a una edad adulta, quienes no practicamos ninguna religión, no vamos por ahí, matando a diestra y siniestra, o robando todo lo que encontremos a nuestro paso ni mucho menos violando mujeres o sacrificando niños. No creer en Dios no significa convertirse en un “bárbaro” o un anarquista. Frente al dictum acerbum de Dostoievski, congenio más con la opinión de Savater –en su libro: Los Diez Mandamientos en el Siglo XXI– de que “los no religiosos pensamos de otra manera: Pese a que Dios no existe, hay muchas cosas que no pueden estar permitidas”. Por otra parte, te hago la siguiente pregunta: ¿Podríamos sobrevivir en una sociedad en la que no existan la ley ni el derecho civil, y solamente nos gobernemos por los principios divinos, confiando fehacientemente que como todos profesamos –de forma hipotética– “una misma religión” dejarán de existir los delitos e incumplimientos a la única ley (la de Dios) que nos rija? Según estadísticas de la Oficina Federal de Prisiones de Estados Unidos, publicadas en 1997, los cristianos representan un 75 % de la población de ese país, y a su vez representan el mismo porcentaje en las cárceles, en cambio los ateos representan un 10 % de la población en EEUU, y solamente un 0.2 % de la población de sus cárceles (ver el video insertado al final de mi publicación: “UNA LISTA NEGRA DE LA HUMANIDAD”, Noviembre de 2010).

Aquí otro dato estadístico, publicado en 2009, donde se afirma que los estados más cristianos de EEUU son los mayores consumidores de pornografía online, según una investigación realizada por la Escuela de Negocios de Harvard (este es el link: ESTADOS MÁS CRISTIANOS: LOS MAYORES CONSUMIDORES DE PORNOGRAFÍA ONLINE).

Por otra parte, el paleontólogo Gregory Paul, llevó a cabo durante años una investigación que indignó a muchas comunidades religiosas cuando finalmente la publicó. El científico quería averiguar si una sociedad sin religión es una sociedad sin moral y si una sociedad con religión es mejor. El resultado para cualquier creyente puede ser obvio, pero apuesto a que se quedaron atónitos o se encolerizaron cuando conocieron las conclusiones del estudio. La investigación mostró fuertes correlaciones positivas entre las naciones con creencias religiosas y los altos niveles de asesinatos, embarazos adolescentes, abuso de drogas y otros indicadores de disfuncionalidad. Aunque el estudio presenta correlaciones, y no causalidades –lo cual significa que la religión no es causa, ni responsable, de la criminalidad-, sí indica que la religión no sirve para detener la delincuencia ni para mejorar las condiciones de vida de una sociedad. Puede que el problema parta de que para el creyente Dios perdona si el individuo se arrepiente. Para muchos creyentes Dios puede perdonar todos los pecados, por más atroces que sean, e incluso habrá quienes le “piden perdón” antes de cometer un crimen. Por lo tanto, irónicamente, creer en Dios se vuelve una manera fácil de violar las normas morales y tranquilizar la conciencia (aquí el link: UNA SOCIEDAD CON RELIGIÓN ES MEJOR QUE UNA SIN...?).

Retomando una vez más la famosa frase de Dostoievski: “Si Dios no existe, todo está permitido”, me gustaría agregar que –a pesar de ser uno de los principales argumentos al que recurren los defensores del teísmo– no deja de ser una falacia Ad consecuentiam, la cual se da cuando se considera una premisa como errónea (tomar como un error la afirmación que Dios no existe) sólo porque las consecuencias indirectas reales o intuidas de la misma serían negativas o inaceptables (todo está permitido). El efecto o consecuencia no tiene que compartir necesariamente la misma naturaleza de la causa. La suposición de que Dios exista, considerando que esto fuese algo bueno, no quiere decir –ni garantiza– que este “hecho” provocaría una sociedad moral que viviera en paz y armonía (efecto positivo, de la misma naturaleza que la causa). En otras palabras, la falacia viene a decir esto es falso porque conlleva consecuencias desagradables. O sea, es falso que Dios no exista, porque de ser cierto, conllevaría consecuencias negativas, como la permisión de todo, ¡la degeneración total! Si Dios existiera no significaría que los hombres harían el bien todo el tiempo. De igual manera, si Dios no existiera, no significaría que los hombres se inclinarían de forma absoluta al mal. Lo cual se comprueba en los países desarrollados con porcentajes importantes de ateos, en los cuales los índices de criminalidad son considerablemente menores a los que tienen los países más religiosos, como Estados Unidos y Brasil.

Pero volviendo al libro en cuestión, encontré en la intervención del filósofo Sgalambro, una sentencia muy dura y cruel hacia la naturaleza de Dios y su relación con el bien. “Un acto de bien contiene la más absoluta negación de Dios”, afirma el italiano. Me desconcertó, lo confieso. Leí varias veces el renglón para estar seguro que no estaba desvariando. Lo más cercano a eso, que había leído con anterioridad, es el título del libro “Dios no es bueno”, del periodista británico Christopher Hitchens, publicado en 2007. “Al elegir al hombre como prójimo, como hermano, se contesta al Absoluto que nos arroja juntos a la muerte. Porque para nosotros, los mortales, desear el bien de uno  es desear que no muera. Elegir a un hombre como prójimo es elegirlo para la vida. ¿Cómo puede fundarse este acto, por lo tanto, en un Dios que nos llama a su lado?”. Sin palabras.

En fin, vale la pena el libro para aquel que se considera de mente abierta y desea conocer diversos puntos de vista que no sean los ortodoxos. O bien, para quien haya encontrado hastío en el “opio del pueblo”.

sábado, 23 de abril de 2011

“ACTUALIZACIÓN” DE LOS 10 MANDAMIENTOS


Conoces lo mandamientos de la Ley de Moisés? Hace cuánto tiempo los aprendiste? Más que conocerlos de memoria y en orden, es más importante saber si aún los practicas, si los cumples. Si aún tienen vigencia en tu vida o ya “caducaron”.


"Todos mienten" Dr. House.

Algunos mandamientos, como el octavo: “No dirás falsos testimonios ni mentirás”, parecen ser muy idealistas, ya que, como repite constantemente Dr. House en la serie de Tv, todos mienten. Es un hecho, admitámoslo. Sé que puede sonar cínico, pero a veces es cierto aquello de que “piensa mal y acertarás”. Por otra parte, en cierta forma nos dejamos engañar a propósito, nos gusta que nos pinten un mundo maravilloso, ya sea los publicistas en la Tv o los políticos en sus discursos demagógicos, a sabiendas muy en el fondo- y a veces no tan en el fondo- que no son realistas sus grandilocuentes promesas. Y en el plano amoroso ya ni se diga, sobre todo si la persona que endulza nuestros oídos es hábil en el arte de la persuasión para conseguir lo que quiere, a través de la palabrería que deseamos escuchar, y sobre todo, creer. Muchas veces no es el otro un gran orador, si no uno el que se deja engañar fácilmente.

En esta línea está más o menos orientada la breve pero concisa e incisiva obra del filósofo español Fernando Savater, titulada “Los diez mandamientos en el siglo XXI” Tradición y modernidad del legado de Moisés. He de confesar que cuando vi el nombre del libro no me apeteció mucho leerlo, pero no pude obviar esa última parte del título que dice “…en el siglo XXI”. Qué novedad tendría que contarme este escritor peninsular acerca de algo que aprendí desde aproximadamente los 10 años de edad? Qué habría de nuevo bajo el sol si estudié en un colegio católico durante 12 años de mi vida, entre los cuales fui parte de varios grupos juveniles religiosos? Fuera de eso, en mis años universitarios también fui miembro de comunidades religiosas? Y no omito mencionar que durante mucho tiempo asistí a misa más de una vez por semana. Qué podrían contener esas 71 páginas sobre la Ley de Dios que yo no hubiera leído o escuchado ya? Pues bien, la respuesta una vez que acabé el libro fue: mucho!


Moisés recibe los 15, perdón, 10 mandamientos.
La loca historia del mundo (1981), dirigida por Mel Brooks.

Después de una breve introducción acerca de la temática, Savater analiza cada mandamiento en el orden presentado históricamente, iniciando con un diálogo entre él y Dios. Estas conversaciones suelen ser muy atrevidas y creo que los más fervorosos podrían considerarlas como irrespetuosas, porque el filósofo trata a la deidad de igual a igual-al fin y al cabo, según dicen el hombre fue hecho a imagen de Dios, o no?-y la plática es más que franca. Es directa, cargada con una crítica cruda que cuestiona, reclama, objeta y hasta se vale de un poco de humor e ironía para darle “sazón”.

El primer mandamiento, según el escritor, delata a Dios como sumamente excluyente y posesivo -cualidades muy humanas- por querer toda nuestra atención y dársela únicamente a ÉL. Esta unicidad de Dios, según algunos representa un progreso espiritual, pero a la vez conlleva la semilla de la intolerancia; con todo y que los israelitas, según el teólogo Ariel Álvarez Valdez, eran monólatras (creían en la existencia de muchos dioses pero solamente adoraban a uno). Precisamente este atributo de Dios, el ser único y excluyente, es lo que ha provocado en cada una de las religiones del mundo la incompatibilidad entre ellas, puesto que si cada una cree adorar y seguir al “único y verdadero Dios”, las vuelve intolerantes y enemigas de las demás, que defienden exactamente la misma legitimidad. Sin embargo, sucede que cuando cierta religión se debilita, perdiendo poder y hegemonía en el plano terrenal, como en el caso del Catolicismo, se vuelven tolerantes. Hoy si yo no comparto la fe de los cristianos, nadie puede llevarme ante el Tribunal del Santo Oficio, como hubiese pasado unos 4 siglos atrás.



La Santa Inquisición en "plena faena".

La democratización de los pueblos exige como rasgo fundamental la tolerancia e igualdad de derechos, lo cual resta mucho poder a cualquier religión que quiera pasar por encima de los mismos, reclamando a la sociedad aquella exclusividad de culto de antaño.

“Nadie ofrece tanto como el que no piensa cumplir” fue una de las mejores frases que encontré cuando analiza el segundo mandamiento: No tomarás el nombre de Dios en vano. Y no sé por qué me recordó a los políticos. Y la de Napoleón Bonaparte no se queda atrás: “La mejor manera de cumplir con la palabra empeñada es no darla jamás”. Pese a que vivimos en un mundo en el cual jurar y prometer han perdido mucho peso –los novios y esposos se juran amor eterno, los políticos prometen el cielo y la tierra, los procesados y testigos juran que dirán la verdad con la mano sobre la Biblia, etc.-, irónicamente ese mismo mundo es el del crédito (las tarjetas de crédito, préstamos, conversión de divisas, compras por internet, hipotecas y otros).

Del tercer mandamiento: Santificarás el día del Señor, comenta el escritor que es el único en el que se nos pide algo divertido: descansar. Es el mandamiento más fácil de cumplir y el más hedonista. Yo considero que es prácticamente innecesario pedirnos algo que de hecho, por necesidad y a la vez por placer, tenemos y queremos hacer. Ningún humano puede trabajar ininterrumpidamente sin descansar. Por otra parte, el ocio y la diversión es algo natural en la vida social y a la vez privada del hombre. Algo que aunque no se lo impongas ni se lo recuerdes, lo buscará siempre que pueda. Triste es cuando no se tiene “algo” –trabajo- de qué descansar, señala el filósofo.


Cuando no se tiene de qué descansar, ¿cómo cumplir el 3er. mandamiento?

“Honrarás a tu padre y a tu madre”, reza el cuarto mandamiento. Creo que toda persona bien nacida tiende a amar a sus padres de forma casi espontánea, comenta Savater. Además señala que no es saludable llevar el mandato a niveles extremos, donde la autoridad excesiva de los padres les impide a los hijos conseguir su propia autonomía. Me llamó poderosamente la atención que le dedica unas cuantas líneas al término autoridad, el cual viene del latín “auctor”, que significa “lo que hace crecer, lo que ayuda a crecer”. El escritor nos recuerda que la autoridad paterna es todo lo contrario a la tiranía, porque el interés del tirano es mantener en infancia perpetua  a aquellos a los que quiere someter. La verdadera libertad es la que proporciona al hijo los elementos para alcanzarla. Vale la pena también recordar la parte en que dice:”la educación es básica en el desarrollo de la libertad. Pero éste es un tema que encierra un drama. El éxito de educar bien significa quedarse solo”. Sin palabras. Simplemente muy acertado, pese a lo nostálgico que pueda parecerle a los padres.

“No matarás”, el quinto mandamiento, y ya vamos a mitad del camino. Es un mandamiento indiscutible y a la vez nada original. Desde mucho antes de Moisés ya existían en otros pueblos, normas sociales que prohibían matar. Y la razón es más que obvia: mantener un orden social y una buena convivencia entre las personas. Sin embargo Savater le achaca a Dios que debe reconocer que estamos frente a una gran contradicción. En la historia se ha matado más en tu nombre que en el de los demás dioses. Y continúa cuestionándole: Tú dices “No matarás”, pero tú nos matas a todos. No cabe duda que eres el gran asesino universal.


Representación de El Ángel de la Muerte.

Merece recordar cuando el filósofo le pregunta a Dios: Recuerdas la guerra de los albigenses? Seguro que sí. En una ciudad habían decidido pasar a cuchillo a los pobres albigenses. Le preguntaron al obispo cómo había que hacer para reconocer quiénes eran herejes y quiénes no antes de ejecutarlos, entonces tu representante en la tierra recomendó matarlos a todos, ya que Dios reconocería a los suyos.



El quinto mandamiento –señala el filósofo- es una ley de extremos, porque cubre las puntas, los cabos de la vida. Por una parte, dónde empieza la muerte, qué la produce? Cuándo podemos dar por irreversible el fin de una persona? En el otro extremo: cuándo empieza la vida, cuándo se da el nacimiento y un conjunto de células, un embrión, se convierte realmente en una persona?

Del sexto mandamiento, recuerdo la frase de Woody Allen que cita el autor: “El sexo con amor es lo mejor de todo, pero el sexo sin amor es lo segundo mejor inmediatamente después de eso”. Y la mayoría de la gente piensa así, asegura Savater. Además comenta que cuando se dio a conocer el mandamiento, no tenía mucho que ver con el pudor ni el honor de la persona engañada, sino más bien con la herencia y la transmisión de la propiedad. Quizás entre los pobres no se perseguía el adulterio porque no tenían nada qué dejar a sus hijos. Distinto era entre los ricos, entre personas pudientes, que necesitaban mantener clara la línea de descendencia para poder transmitir sus bienes.


Nunca he visto esta señal en las carreteras; 
supongo que en EEUU sí existe.

Por otra parte, no menos interesante es la frase de Lope de Vega mencionada en el libro: “No quiso la lengua que de casado a cansado hubiese más que una letra de diferencia”.

En fin, el análisis sobre este sexto mandamiento puede ser polémico pero su reinterpretación es necesaria puesto que los tiempos y sobre todo el comportamiento social y equidad de género han cambiado mucho desde que se quiso imponer la ley mosaica.

“No robarás”, exhorta el séptimo mandato. Según el filósofo, en un inicio este mandamiento se refería a los secuestros, a no robar almas, es decir, a otros seres humanos, más que a bienes materiales. En lo particular, me impactó la frase de Mahatma Gandhi: “Todo lo que se come sin necesidad, se roba al estómago de los pobres”. Es muy dura y fuerte dentro de la sociedad consumista en la que vivimos, misma en la que día a día se suman más pobres a la lista. En esta parte del libro también “desfila” Pablo Neruda aseverando una gran verdad de los tiempos modernos: “El fuero para el gran ladrón, la cárcel para el que roba pan”.

Con el octavo mandamiento, “No levantarás falsos testimonios ni mentirás”, llega uno de los mandatos más difíciles de cumplir. Pues el mismo Goethe comentó que Dios nos había dado la palabra para que pudiéramos ocultar mejor nuestros pensamientos.

Bastante cínica pero verídica es la frase que describe Savater de Otto von Bismark: “Nunca se miente tanto como antes de las elecciones, durante la guerra y después de la cacería”. Y la de Nieztsche no es menos verdadera: “Lo que me preocupa no es que hayas mentido, sino que de ahora en adelante ya no podré creer en ti”.


Clásico de clásicos!

Savater comenta que hay mentiras que pueden ser incluso de cortesía, poéticas, que no tienen que escandalizar ni perturbar. Muy al contrario algunas se encuentran integradas ya en el juego social. Lo importante de la mentira es el contexto y a quién se miente. Dignas de revisión son las situaciones en las que el filósofo indica que se puede o es conveniente mentir, en contraste con Kant, quien en un opúsculo que escribió dijo que no podía mentirse en ninguna ocasión, ni siquiera para salvar la vida de un inocente, estás de acuerdo?

Los últimos dos mandamientos se refieren a la codicia y envidia: “No desearás a la mujer del prójimo” y “No codiciarás los bienes ajenos”. En la época de Moisés, la mujer era considerada prácticamente como un objeto, una pertenencia más del hombre. En cambio en la actualidad eso de mujer del prójimo, a Savater le suena como si ella fuera un objeto o una propiedad, lo cual no sintoniza con los tiempos liberables ni feministas que vivimos. Ya que hoy ninguna mujer acepta ser de nadie, enfatiza el filósofo.

Este es un mandamiento que se desdobló con el paso de los años, se prohibió desear a la mujer, y se puso el resto de las propiedades del prójimo en otra ley, asegura el escritor.

“Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer, mientras no la ame”,  decía Oscar Wilde. Será cierto?

Ya para no extenderme de más, y en lugar de ello recomendarles el libro, les dejo la siguiente frase, expuesta en el análisis del último mandamiento:

“Uno debe codiciar los bienes ajenos para  poder progresar”  Martín Caparrós.


viernes, 11 de marzo de 2011

AQUEL LIBRITO VIEJO



Entre esas pequeñas actividades que disfruto a lo grande, pudiendo parecer algo tan simple y poco significativo para muchos, se encuentra el pasearme entre los bazares y ferias de libros usados o nuevos, ya sea de la ciudad en la que vivo o de las vecinas, pues no dudo en viajar algunas decenas de kilómetros para asistir a la de Monterrey.

En cierta ocasión, hubo una venta de libros cerca de casa, a poco más de dos cuadras. Era al aire libre. Los puestos se instalaron en una pequeña plaza llamada Nueva Tlaxcala. Recuerdo que no dudé en ir, sabiendo que disponía con algo de dinero extra, y cuando me di cuenta, ya tenía frente, al lado y detrás, es decir, a todo mi alrededor, muchísimos libros sobre los  más diversos temas. Empecé a “scanear” los títulos y a hojear-u ojear, ambos verbos están bien empleados en este caso-de vez en cuando alguno que me causara más curiosidad. Tomé uno, dos, tres,…y hasta siete libros minúsculos que formaban parte de una enciclopedia incompleta. Y cuando casi estaba por irme, me detuve frente a una caja vieja de cartón en la que se hallaban apilados tres bloques de libros viejos y usados. No sé qué me dio por revisarlos, para ver si encontraba algo interesante, y que no rebasara lo poco que me quedaba disponible de efectivo. Empecé a levantar uno y otro libro, hasta que el título de uno, cual Cupido, me “flechó”, directo al talón de Aquiles de mi insaciable sed de conocimiento, del hambre voraz por conocer más y mejor, cual si fuese mi ansiedad la de un hoyo negro engulle-galaxias. “EL nacionalismo, una religión” era el título de aquel pequeño tesoro de escasos 15 x 20 cms, con 248 páginas, vírgenes aún a mis ojos, y en espera de nuestra “primera noche” juntos. Desde esa tarde, la obra del Dr. Carlton H. Hayes entró al salón privilegiado de mi memoria. Se convirtió en uno de esos escritos que te cambian la vida, la forma de verla, de comprenderla. Fue de esos libros que te “despiertan” del sueño profundo y pesado del hastío superfluo de la cotidianidad, a veces llevada sin sentido, sin chiste. He aquí, algunos de los pasajes que me parecieron más interesantes, entre los innumerables con los que cuenta la obra publicada en 1960:

“Desde que el nacionalismo moderno hizo su aparición en Europa occidental, ha participado de la naturaleza propia de una religión.

El nacionalismo tiene en todas partes un dios, que puede ser el protector del Estado o una personificación de la propia patrie, de la tierra de nuestros mayores o de nuestro Estado nacional. Puede invocarse a esta deidad en forma familiar y hasta jocosa, como el Tío Sam, John Bull, Marianne, Hans o Iván. Sin embargo es el dios de un pueblo escogido, un dios celoso y, principalmente, un dios de la guerra.


Tío Sam


El nacionalismo, como todas las demás religiones, es social, y sus ritos más importantes son los ritos públicos, que se llevan a cabo en nombre de una comunidad y que tienen por fin lograr su salvación.

El nacionalismo moderno nació entre pueblos que habían sido tradicionalmente cristianos, y al convertirse en religión tomó muchas costumbres y modos de ser del cristianismo tradicional y los adaptó a sus necesidades. El Estado nacional se ha atribuido, como la Iglesia universal, una misión de salvación y un ideal de inmortalidad. La nación resguarda a sus miembros de cualquier peligro externo; fomenta las artes y las ciencias en bien de ellos y los nutre y alimenta.
Existen semejanzas sorprendentes entre el nacionalismo contemporáneo y el cristianismo medieval. En nuestros días un individuo nace dentro de un Estado nacional, y el registro civil de nacimiento equivale a un rito nacional de bautismo. De aquí en adelante, el Estado lo seguirá solícito, a lo largo de toda su vida, conservándolo dentro de un catecismo nacional, enseñándole, a través de su propia escuela religiosa y de sus preceptos, las bellezas de la beatitud nacional, haciéndolo apto para una vida de servicio al Estado (que puede ir desde la exaltación hasta el servilismo), conmemorando en registros oficiales (con actas) las principales crisis de su vida; no únicamente su nacimiento, sino también su boda, el nacimiento de sus hijos y su muerte. Si el ciudadano llegó a ser un cruzado del nacionalismo, su tumba irá marcada con las enseñas del servicio prestado.

Es obligatorio pertenecer al Estado nacional. El individuo tiene solamente dos formas para desaparecer del Estado Militante de este mundo: la muerte o la emigración. Esta última desaparición se encuentra, generalmente, restringida, y en ocasiones está prohibida; y aunque el individuo logre emigrar, es prácticamente imposible que pueda encontrar un nuevo asilo donde no esté constituida alguna otra forma de la religión del nacionalismo. Podría cambiar, diríamos, de secta, pero no de religión. Por muy escéptico que el ciudadano pueda mostrarse en la fe del nacionalismo, sabe que tiene que participar obligatoriamente en ella y que en esa participación queda incluido el sostenimiento financiero para su conservación y en sus empresas misionales, ya que el Estado es mucho más insistente y riguroso en el cobro de los impuestos de lo que la Iglesia ha sido nunca en la recolección del diezmo.

El ritual de nacionalismo moderno es más sencillo que el de algunas religiones, pero está bien desarrollado para su corta edad. La bandera nacional es el símbolo principal y objeto central de culto. Es justo puntualizar que en Europa no se conocía objeto tal, antes de la Revolución Francesa del siglo XVIII, y no son mucho más viejas las barras y estrellas de Estados Unidos. En nuestros días no existe país que no tenga su bandera…

Existen formas litúrgicas universales para “saludar a” la bandera, “saludar con” la bandera, “arriar” la bandera e “izar” la bandera. Los hombres se descubren a su paso; los poetas dedican odas en su honor; los niños le cantan himnos y le juran lealtad. En todas las fiestas y aniversarios del nacionalismo, la bandera ocupa un lugar de honor, junto con el himno nacional, el otro objeto sagrado de la patria.

El nacionalismo tiene sus procesiones y peregrinaciones. Tiene también sus días santos y, a imitación de la Iglesia cristiana, que adoptó en culto algunas fiestas del paganismo, el Estado ha tomado algunas fiestas del cristianismo. Estados Unidos, por ejemplo, celebra el 4 de julio la fiesta de la Natividad nacional; el Día de la Bandera podría compararse con el Corpus Christi, y el 30 de mayo, Día de los Veteranos de guerra, es una versión patriótica del Día de los Difuntos. Además, así como el calendario católico venera a sus santos en una cierta fecha, el calendario nacional observa las festividades del nacimiento de sus santos y héroes nacionales, como en los casos de Washington y Lincoln, por ejemplo.

El nacionalismo tiene también sus templos. Si alguien desea encontrar los edificios y lugares que son más venerados por la comunidad de los norteamericanos, no debe dirigirse a las catedrales católicas, sino al Independence Hall, en Filadelfia; al Faneuil Hall, en Boston; a la tumba del general Lee, en Lexington, y a la del general Grant, en Nueva York.

Entre los lugares santos del nacionalismo en Europa, cabe mencionar la abadía de Westminster en Londres, el Arco de Triunfo en París, el monumento a Víctor Manuel en Roma y el Kremlin en Moscú.


Arco del Triunfo, en París.

El sistema escolar en el Estado nacional se realiza en forma tal, que no cometa error alguno en la teología oficial ni menosprecie la mitología popular. Si un maestro torpe o un libro de texto poco escrupuloso, dan a algún episodio de la historia nacional una explicación que no esté en armonía con la fe nacionalista, corren el riesgo de ser denunciados por alguna sociedad ultrapatriótica o por algún particular y pueden verse sujetos: el maestro, a la destitución, y el texto ofensivo, a la proscripción y aún a la quema.

La religión del nacionalismo se muestra intolerante con todos aquellos que disienten de ella.

No es común que los seres humanos ofrenden su vida voluntariamente por alguna ganancia económica. El sacrificio supremo es inspirado por un ideal y responde a un sentido religioso; y así, la prueba final y contundente de que el nacionalismo moderno tiene carácter religioso, es la indiscutible disposición con la que sus devotos de todas clases han dejado sus vidas en los campos de batalla durante los últimos ciento setenta y cinco años. Todo el norte de Francia, por ejemplo, está sembrado de pequeñas cruces blancas que llevan la misma sencilla inscripción: “Mort pour la Patrie”.

Puede decirse ciertamente que el nacionalismo moderno ha sido una religión particularmente sangrienta. En la primera mitad de este siglo han muerto más personas en las guerras nacionalistas que en cuatro siglos de cruzadas medievales.”




En lo personal, no me parece que el guardar cierto aprecio, de manera racional, a la patria sea algo que nos perjudique a nosotros mismos o a los demás, sin embargo condeno totalmente ese nacionalismo exacerbado y soberbio en el que los ciudadanos de un país -o incluso a nivel de ciudades y estados- se crean superiores o mejores a los de otra nación. El ser diferente no debe ser motivo de desprecio, discriminación o xenofobia. Honestamente aborrezco el chovinismo en toda la expresión de la palabra.


Soy fiel partidario de que la diversidad, al igual que en el plano de la naturaleza, en lugar de separarnos, nos debería enriquecer como conjunto, reflejado en el acto humilde de aceptarse parte de la misma especie humana, pese a las diferencias étnicas, lingüísticas, culturales, religiosas y sociales que existen entre los pueblos. Comparto, por tanto, la expresión plasmada por el Dr. Hayes en aquel librito viejo, de que “el nacionalismo debe templarse en el internacionalismo”.

La tolerancia entre individuos es, a mi humilde parecer, la muestra por excelencia del respeto mutuo que nos debemos como, primero que todo, miembros de una misma familia, y después de una misma comunidad (barrio o colonia), de una misma ciudad, estado e incluso país. Cuando la persona ha aprendido a respetar a los suyos, dentro del mismo hogar y bajo el mismo techo, y luego ha extendido esa forma gallarda de comportamiento con los más próximos –parientes, vecinos, compañeros de clase, de trabajo, de club, de gimnasio, etc.- y progresa a su vez con los más alejados –personas desconocidas dentro de la misma ciudad o fuera de ella- habrá alcanzado el clímax de su carácter tolerante, evidencia infalible de su madurez humana demostrada en la fina expresión de su buena educación y calidez con gente que nunca ha visto, totales extraños, que siquiera nacieron bajo la misma bandera, el mismo credo religioso o el mismo nivel de riqueza.

El intercambio cultural no obedece necesariamente a un mecanismo de ósmosis en el que siempre tenga que fluir más y mejor información desde la parte “más culta”, más rica (económicamente) o más desarrollada, hacia la más inculta, pobre o subdesarrollada. Para mí, la convergencia de dos “mundos” o sociedades diferentes puede orientarse, desde luego en común disposición, hacia un estado fraterno de simbiosis, que favorezca a ambas partes, y donde no exista la necesidad de anular o aplastar a la más débil.

Tengo fe en que el nivel de globalización alcanzado, la acción de organismos no gubernamentales, la creciente preocupación por el medio ambiente, por la sobrepoblación del hombre, el aparente agotamiento de los recursos alimenticios y de combustibles fósiles, la búsqueda de nuevas formas de producción de energía, los avances médicos y la fluidez de gran cantidad de información con la que disponemos actualmente a través de los medios de comunicación, principalmente electrónicos, constituirán el mortero que amalgame los esfuerzos para enfrentar de manera más eficaz y oportuna los problemas prioritarios del mundo –alimentación, educación, salud, y trabajo- y de manera paralela disipen gradualmente el nacionalismo extremo que obedece, más que a intereses altruistas y humanitarios, a ideologías racistas, excluyentes, bélicas y egoístas.